Fue la brisa de la tarde, durante el paseo por los alrededores de mi casa, lo que me permitió ver una nueva imagen para mis ojos. Nueva imagen, que por otro lado, siempre había estado allí. Pero necesité de una llamada, de un golpe de vista venido del exterior, que despertaran mis ojos para restablecer esa relación, que diría yo de amistad, con lo habitual.
Con la visión restablecida, como el que ve de nuevo al amigo reencontrado, me permitió descubrir que lo mirado ahora se desdoblaba, contribuyendo, no tanto en ver más allá, sino en ver más acá. Es decir, el ojo deposita toda su confianza en lo que ve, y eso permite que lo inmanente de la cosa se descubra lanzada a la cualidad de lo trascendente.
En el paseo me saludaban muros coronados de cristales, marquesinas, árboles, cierres, cubos de basura, colchones… y les devolvía el saludo, ejercicio de contemplación. |
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Sobre esos muros aparecían tag, firmas realizadas por jóvenes tager con spray. Pintadas ligadas a plantas que se abrían paso a través de grietas. Firmas anónimas, cubriendo la ciudad como si se tratase de un fresco del siglo XIII. Muros coronados de cristales, que protegen un Paraíso todavía esperándonos como dormido en el misterio de la realidad.
Me detuve delante de los cubos de basura y los vi envueltos en una luz y en un silencio que me recordaba a la tabla de Fray Angélico, la anunciación.
Yo quería también pintar, acordándome de los pintores luminosos, la utopía; pero ahora sirviéndome del paisaje urbano que habitábamos. Decidí pintar todo aquello que mi experiencia recobró para mi vista con temple sobre tabla.
Paseando a la hora de la brisa con la emoción humilde, con la mirada que busca la pureza sin mancha, el equilibrio de lo luminoso, del alma. |
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